Hoy fui donde mi peluquero para realizarme el corte del año... y no lo digo de modo pomposo sino porque realmente suelo cortarme el pelo sólo una vez al año... Allí frente al mismo espejo con el que me había encontrado por primera vez en febrero de 2011, por alguna razón, recordé aquella ocasión...
Quería dejar una etapa atrás, quería por fin dar vuelta una página, el primer paso en un camino hacia adelante, cerrar un libro que me estaba costando mucho terminar... acabar una relación que para aquel entonces ya no era una relación y que me estaba desgastando emocionalmente... Normalmente había llevado mi pelo semi-largo -así por casi toda mi vida- sin jamás pasar de mi hombro hacia arriba... pero ese día reuní el valor y salí de mi casa sin decir una palabra a nadie rumbo a ver a un peluquero a quien nunca antes le había confiado mi cabello para hacer lo que sabía alejaría a aquel personaje de mí y a mí de él...
Años más tarde cuando una persona me preguntó por qué me había cortado tan corto el cabello la primera vez (ya que luego con el tiempo lo he vuelto a hacer, pero por otras razones mucho más prácticas que sentimentales), le respondí exactamente eso: quería cerrar una etapa y sabía que cortándome el cabello lo lograría... Mi respuesta sacó una exclamación de sorpresa e incertidumbre, y recibí la aseveración de que sólo en las películas/novelas ocurría eso... Mi vida está lejos de ser una historia para narrar, pero he de reconocer que algunos momentos le darían un buen condimento a alguna...
Me senté en la butaca y me hundí en ella, un poco literalmente, casi una eternidad en lo metafórico... El peluquero me preguntó si quería algún corte en especial o sólo quería cortarme las puntas... Como una autómata que se ha repetido mil veces lo que tiene que decir le dije que lo quería cortar todo, hasta la altura del rostro... A través del espejo recibí su mirada de duda... ¿Segura?, me preguntó... Sí, le respondí...
Cuando llegué hoy, mi peluquero me recibió con una sonrisa, me dijo que pasara y me ofreció la misma butaca de siempre... Me puso aquella capucha con la que esperaba cubrirme de los cabellos que estaban por desprenderse de mí y me preguntó: ¿Lo de siempre?
Mojó mi cabello y marcó la partidura... el primer tijeretazo que se llevó consigo un mechón considerable de mi cabello se sintió como una incisión en el corazón... Se me hizo un nudo en la garganta... A la medida que la tijera se siguió moviendo mis ojos se volvieron brillosos... Hasta el día de hoy me pregunto cómo me las apañé para no llorar... Eso era un auténtico adiós sin palabras...
Esta vez tuve la satisfacción de decir: Sólo las puntas...
Cuando acabó de cortar la mayor parte, tomó la navaja y remató... dando el toque final a su obra y el último estoque en lo que me quedaba de corazón...
El único sentimiento que no me abandona desde la primera vez, es aquel al salir y sentir que además de haberme quitado literalmente un peso de encima, realmente me siento más ligera... casi renovada... Sinceramente, ir al peluquero me sale mucho más barato y mucho más productivo que un psicólogo... sin querer herir susceptibilidades...