Estuve bastante bien por un tiempo. Lo bien que puedes estar justo antes de que comience a llover en un extraño día soleado en pleno invierno.
Luego estuve refugiada. Una virgo siempre está preparada con un paraguas en su cartera. A pesar del sol, es invierno después de todo.
Pero el paraguas ya estaba en su último suspiro, y se rompió, se dio vueltas, y terminó en el basurero, y aún con la anticipación que pude haber tenido ante esta lluvia invernal, terminé empapada en mitad de la calle, con el paradero aún demasiado lejos como para alcanzar a salvar un poco mis ropas que, invierno y todo, no eran precisamente abrigadoras.
Dejando las metáforas de lado, he llegado a un punto sin retorno en el que he analizado todos mis puntos débiles, mis traumas, mis pesares y mis malos hábitos, y ahora sólo queda terminar de exponerlos, y el miedo me paraliza. Porque no es sólo miedo a las consecuencias, es la ansiedad de antemano la que me quiere comer por dentro.
Llevo poco más de un año en terapia, y parece un trabajo sin fin en el que se te prohíbe empezar de cero. ¿Volver atrás? Im.po.si.ble.
Lo cierto es que tampoco quiero volver atrás, porque volver atrás y tomar el otro camino significa que continuar es seguir actuando, es seguir fingiendo que todo está bien, que todo siempre ha estado bien, que nada nunca me ha afectado, que nadie nunca me ha fallado porque nunca les di mi confianza para hacerlo. Porque esa es la idea que le vendí a todo el mundo, y la vendí tan bien que por un tiempo hasta yo me la compré.
La cruda verdad es que lo único que hacía era ponerme la máscara de fuerte, esa que se les hizo a todos tan fácil creer que era real, porque para ellos también era el camino fácil. "Pero si a ti no te da pena", "pero si a ti no te importa", "pero si tú eres realista", "pero si siempre prefieres hacerlo todo sola". Y cada vez que por alguna razón esa máscara se craqueaba, yo la estucaba, y el acto seguía.
Quiero dejar de actuar.
El reloj ya está tiqueando los segundos en reversa.
La cuenta regresiva al acto final.