En los últimos días me he sentido tan mal (físicamente hablando) que me he preguntado que pasaría si me muriera -es un pensamiento extremista, pero cualquiera en mi condición tiene derecho a pensar lo que quiera, créanme. Más que nada me ha alterado pensar qué imagen de mí tendría mi familia si, después de mi muerte, encontraran este blog.
Dos mañana atrás desperté sintiéndome como si mi estómago estuviera siendo bombardeado tal como lo fueron algunas ciudades durante las guerras mundiales, sin sentido y sin consideración por la vida. Mi estómago estaba tratando de informarme que tenía en mi cuerpo una dosis de pastillas farmacéuticas tan grande que si hubiera ingerido una dosis más de la recetada no estaría escribiendo esto. Repito: dosis recetada.
No sé si alguna vez lo he mencionado, pero sé que a mis amigos, conocidos y familiares les he dejado más que en claro que el suicidio no cuenta dentro de mis opciones para dejar este mundo, ya sea por cobardía o valentía, no lo sé, pero simplemente no está en la lista.
Eso en claro, aparentemente la doctora que intentaba tratarme otra enfermedad interna, pero no delicada, me recetó una dosis más alta de la que mi cuerpo estaba dispuesta a tolerar y luego de dos días de de ingerir estas pastillas mi cuerpo me pidió detenerme. Obviamente, las alertas de mi cuerpo no se quedaron en este bombardeo estomacal, mi cuerpo me pidió sacar todo (repito: TODO) lo que había ingerido en las últimas horas. Fue un día horrible. Si aún tengo estómago y esófago es de suerte.
Para hacer el resto de esta historia poco placentera algo más corto, los dos días que subsiguieron a ese no fueron mucho mejores. Dejé de devolver todo lo ingerido, pero mi estómago -y aparentemente cada órgano ubicado entre mi cerebro y mis riñones -se niega a realizar sus funciones habituales debidamente sin quejarse; y yo me he tenido que limitar a imitarle.
Aún me siento débil, pero deberé juntar las fuerzas necesarias para continuar con mi actividades normales porque al parecer el mundo no se detuvo durante mi convalecencia y ahora exige que me una al ruedo.
Volviendo al punto inicial de esta entrada, pensaba en aquello. Si me muero y mi familia encuentra este blog al buscar en mi computador, ¿qué pensaría de mí? Todos alguna vez hemos escuchado la historia de aquel o aquella joven que se murió y luego sus padres encontraron su diario de vida o una carta o su cuenta de Twitter o de qué sé yo y conocieron una parte de su hijo o hija que no conocían sino hasta entonces.
Creo que puedo decir que he dejado que mis padres conozcan casi todo de mí. Y quizás sea ese casi el que me asusta. Nadie le cuenta todo a sus padres, y no porque no les tenga confianza sino simplemente por el hecho de que son tus padres. Aún así, no quisiera decepcionarlos. Y no creo que lo haga, o eso espero -esperaría. Después de todo, ésta es quien soy o una parte de aquella que soy, probablemente la parte más emocional, pero no la menos válida.
Creo que ya empecé a desvariar, de nuevo.