Desde Diciembre del año pasado que no escribía. No fue planeado, no fue paulatino. El día 18 de Diciembre -probablemente nunca olvide la fecha, perdí a mi estro. A quien había hecho de fuente aparentemente inagotable de imaginación por los anteriores cinco años.
Y así como él se fue, lo hicieron mis ganas de escribir.
Quizás suene drástico. Porque sí, había dejado mi poesía caer por aquí y por allá, al menos desde hace unos dos meses, pero las historias se habían ido. Es más, creo que jamás podré terminar aquella historia que tenía en proceso al momento en que todo ocurrió.
Hace poco, quizás una semana, recién tuve el coraje de volver a teclear. He encontrado nuevas inspiraciones, pero ha sido un trabajo interno bastante grande. Aún se me encoje el corazón al escuchar su voz. Aún tengo que saltarme canciones en el reproductor porque hay días en que de verdad sería demasiado.
Yo que me jactaba de no padecer del mal fanático (siendo fan actualmente por 17 años de alguien), pero me dolió. Me golpeó. Ha sido algo nuevo, y para nada satisfactorio. Pero he vuelto a escribir, y de momento quiero alegrarme por eso.