jueves, 20 de noviembre de 2014

(Malos) Recuerdos...

¿Cuántas veces duele un golpe, una herida, el daño?

Cuando lo recibes. Cada vez que lo recuerdas. Cuando lees la cita de un libro y te toca allí, justo en la herida que creías cerrada y limpia, pero que no habías notado que apenas había terminado de cicatrizar.

Yo estoy llena de ellas. Huellas. Marcas de guerra. No duelen, pero pesan. De esas que dan vergüenza y que no quieres que nadie vea. No como la línea diagonal en el dedo índice de mi mano derecha, la que conseguí por jugar con un cuchillo a los once, sino como la mancha amorfa de mi rodilla izquierda, la que me hice al enterrarme una piedra cuando apenas tenía ocho. 

Y aún cuando la cicatriz en mi rodilla es horrible, aún así estas otras son aún peores. Creo yo. El hueco de estaca en pleno corazón que quedó al quitármela -no por mero gusto sino porque me vi en la necesidad -cuando tenía diecisiete, aquellos arañazos que sola me provoqué en la conciencia cuando tenía dieciséis, las mejillas rojas de cachetadas en la confianza cuando tenía quince, cuando tuve dieciocho, incluso hace poco, cuando aún podía decir "tengo veinte".

Todo el mundo sufre decepciones, pero quizás las mías se notan más porque escribo sobre ellas. Es mi vía de escape, de poder decir "ya, lo he soltado, puedo seguir adelante", sabiendo que aunque sigo adelante no significa que no las acarree conmigo. Soy melancólica quizás. Recordar los daños como algo que va más allá del mero hecho.

Experiencias les llaman.

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