En los últimos años he pasado cierta porción de mis fines de semana siendo copiloto de mi padre en su auto. Por lo general, al ir en carretera, e incluso al ir por las calles de la ciudad, tengo que recordarle que su velocímetro indica un exceso de velocidad no menor. No me malinterpreten, admiro su capacidad al volante. Probablemente sea al conductor al que le tenga mayor confianza en el mundo -alta velocidad y todo.
Pero quizás mis reparos siempre habían estado de más, y no sólo por el hecho de que él sabe lo que hace -mal que mal lleva conduciendo más años de los que yo llevo en la Tierra. Sino porque jamás había entendido lo que conducir a alta velocidad significaba para él. Hasta ayer.
Conseguí mi propia licencia de conducir hace algunos meses, y hasta la semana pasada recién conseguí mi primer auto, y este fin de semana decidí lanzarme a la carretera para ir a visitar familiares en otra provincia. El viaje de ida estuvo lleno de la realización de al fin manejar por mi propia cuenta en una distancia tan larga. Me sentía completamente satisfecha, dueña de mi misma.
El camino de regreso, cuando ya la emoción de la autonomía había pasado, sentí el viaje en su simplicidad. Y entendí a mi padre.
Al contrario de lo que me solía pasar las primeras veces que manejé por las calles de la ciudad, la carretera se sentía amplia y despejada, a pesar de que habían varios autos más que como yo regresaban a sus casas, y manejar se sentía como si fuera una actividad que llevase haciendo por años, algo natural. Me sentí libre.
Personalmente, creo haberme sentido libre en varias ocasiones antes, fuera de mis propios fundamentalismos de este asunto de que todos estamos atrapados en nuestros mundos. Pero nunca así, nunca en un modo en que tienes la certeza de que volverás a ser así de libre una vez que te vuelvas a poner trás el manubrio.
Quizás en esos minutos, en esas horas, lo que busca mi padre mientras maneja es esa siempre furtiva sensación de libertad.
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