viernes, 6 de febrero de 2015

Corte...

Hoy fui donde mi peluquero para realizarme el corte del año... y no lo digo de modo pomposo sino porque realmente suelo cortarme el pelo sólo una vez al año... Allí frente al mismo espejo con el que me había encontrado por primera vez en febrero de 2011, por alguna razón, recordé aquella ocasión...

Quería dejar una etapa atrás, quería por fin dar vuelta una página, el primer paso en un camino hacia adelante, cerrar un libro que me estaba costando mucho terminar... acabar una relación que para aquel entonces ya no era una relación y que me estaba desgastando emocionalmente... Normalmente había llevado mi pelo semi-largo -así por casi toda mi vida- sin jamás pasar de mi hombro hacia arriba... pero ese día reuní el valor y salí de mi casa sin decir una palabra a nadie rumbo a ver a un peluquero a quien nunca antes le había confiado mi cabello para hacer lo que sabía alejaría a aquel personaje de mí y a mí de él...

Años más tarde cuando una persona me preguntó por qué me había cortado tan corto el cabello la primera vez (ya que luego con el tiempo lo he vuelto a hacer, pero por otras razones mucho más prácticas que sentimentales), le respondí exactamente eso: quería cerrar una etapa y sabía que cortándome el cabello lo lograría... Mi respuesta sacó una exclamación de sorpresa e incertidumbre, y recibí la aseveración de que sólo en las películas/novelas ocurría eso... Mi vida está lejos de ser una historia para narrar, pero he de reconocer que algunos momentos le darían un buen condimento a alguna...

Me senté en la butaca y me hundí en ella, un poco literalmente, casi una eternidad en lo metafórico... El peluquero me preguntó si quería algún corte en especial o sólo quería cortarme las puntas... Como una autómata que se ha repetido mil veces lo que tiene que decir le dije que lo quería cortar todo, hasta la altura del rostro... A través del espejo recibí su mirada de duda... ¿Segura?, me preguntó... Sí, le respondí...

Cuando llegué hoy, mi peluquero me recibió con una sonrisa, me dijo que pasara y me ofreció la misma butaca de siempre... Me puso aquella capucha con la que esperaba cubrirme de los cabellos que estaban por desprenderse de mí y me preguntó: ¿Lo de siempre? 

Mojó mi cabello y marcó la partidura... el primer tijeretazo que se llevó consigo un mechón considerable de mi cabello se sintió como una incisión en el corazón... Se me hizo un nudo en la garganta... A la medida que la tijera se siguió moviendo mis ojos se volvieron brillosos... Hasta el día de hoy me pregunto cómo me las apañé para no llorar... Eso era un auténtico adiós sin palabras...

Esta vez tuve la satisfacción de decir: Sólo las puntas...

Cuando acabó de cortar la mayor parte, tomó la navaja y remató... dando el toque final a su obra y el último estoque en lo que me quedaba de corazón...

El único sentimiento que no me abandona desde la primera vez, es aquel al salir y sentir que además de haberme quitado literalmente un peso de encima, realmente me siento más ligera... casi renovada... Sinceramente, ir al peluquero me sale mucho más barato y mucho más productivo que un psicólogo... sin querer herir susceptibilidades...


martes, 3 de febrero de 2015

De La Muerte...

There's a moment in your life when you realize that there's death in every one still alive...

You know each one of the people who surround you -and even you - is going to die someday... One day... Any day...

The thing is you're not expecting it to come every single day... you never expect that day to be today... You don't want it to be today...

domingo, 25 de enero de 2015

De la vida...

Cosas que sobran, cosas que faltan... 

Me conozco tanto que paso por alto mis errores más fatales, y me digo a mí misma que no son más que el hilo normal de mi carácter como si eso fuera excusa suficiente a mi comportamiento idiota...

Hace unos meses daba gracias por tener a ciertas personas a mi lado, apoyándome cuando otras estaban alejándose cada vez más... Hoy quisiera dejar de tener esa atención y que me dejaran en paz, quince minutos, un par de horas o días, tal vez un par de semanas...

Qué tan egoísta puedo llegar a ser... demasiado, al parecer... 

Y que soy humana, siquiera es pretexto... No sirve, no califica, no es apto como excusa para justificar mis pensamientos... 

Con qué cara me quejo después...

martes, 25 de noviembre de 2014

Yo...

Hoy por la mañana leía una entrada de un blog que me encontré por ahí... bueno, no lo leí porque no tenía tiempo, pero le di un vistazo rápido y sólo con eso me dio algo en qué pensar cuando iba camino al paradero...

Cuando escribo aquí, ¿por qué no escribo de mí? O sea, sé que escribo sobre mí, sobre mis miedos, mis penas, mis rencores -la mayoría conmigo misma -, pero, ¿qué hay de lo que soy? ¿qué hay de lo que hago? ¿de la otra parte de mí?

Y la pregunta más grande: ¿por qué no, cuando el mismo nombre de este blog es: Lo que soy

Así que me decidí a escribir de mí, aunque sea una de las cosas más ególatras de la vida, pero lo haré igual, porque quiero y porque puedo... jajaja

Mmm... ¿Por dónde partir? 

Supongo que puedo partir por algo obvio: me llamo Francisca. 

Lo que no es obvio es lo gracioso -y frustrante -que es que para mis padres este nombre no tenga otro significado más que el nombre de su hija, y no, no lo digo sólo por quejarme. Me explico: mi hermana menor se llama Cristina Estefanía; Cristina por una de las doctoras que atendió a mi madre en el proceso del embarazo y Estefanía por la conocida Estefanía de Mónaco. Por otro lado, mi hermano menor se llama Joel Ignacio; Joel por ser el segundo nombre de mi padre, y además de que a todos nos gusta por no ser muy común, e Ignacio porque era el nombre del doctor que aparecía en una novela de aquellos años. 

¿Y yo? Mis nombres son Francisca Jamilet. ¿Anécdotas? Ninguna.

Para añadir un poco de gracia a los lectores -si es que sigue habiendo allí alguno (y esto es realmente broma pues tengo las estadísticas del blog y sé que alguien me lee, aunque no sé quién pueda leerme en U.S.) -, mi nombre lo eligió mi padre, mientras que los de mis hermanos los eligió mi madre. ¿Cuál es la gracia? Que cuando le preguntan a mi madre por qué nombró así a mis hermanos ella se larga a explicar lo que ya les he dicho, pero si le han de preguntar a mi padre, de dónde sacó mis nombres, él sólo dirá: No sé, me gustaban.

Digamos que para alguien a quién no le gusta quedar con preguntas sin respuesta, como yo, esto es bastante... frustrante.

Creo que al menos debo decir que tuve suerte de que en el Registro Civil escribieran Jamilet con J y no con Y... Eso sí hubiera dejado a mi papá en una situación bastante deplorable para con su hija mayor porque no se lo hubiera perdonado en la vida... Bueno, quizás exagero, pero de que hubiera intentado cambiármelo, lo hubiera hecho.

De todas maneras, y a pesar de mis quejas, me gustan mis nombres... a pesar de que nunca me llamen por ellos, o no al por completo. Suelen decirme: 
- Fran
- Frani (mis compañeros de U)
- Franci (aunque esto sólo lo hace mi familia, y es tanta la costumbre que escuchárselo a alguien más me suena hasta ilógico)
- Nana (sólo mi hermano y mi hermana -cuando estamos en buenas relaciones -, así que si alguien más me lo dice, me lo tomaré a mal... jajaja)
- Freya (que es el sobrenombre que llevé toda mi enseñanza media y por el cuál aún algunas personas me llaman)
Freyanecia (bifurcación del anterior inventada por una amiga y, de hecho, el nombre de usuario para redes sociales como twitter, instagram y otros)
- Francisquita (esa es mi mamá o alguna de mis tías cuando quieren algo, jajaja)
- Entre otros que por alguna razón no me acuerdo en estos momentos...

Puede que se pregunten cuál es la relevancia de esto... la respuesta es que ni yo lo sé, pero lo quería contar, como para empezar por algún lugar...

Y supongo que, eso... por ahora. 

jueves, 20 de noviembre de 2014

(Malos) Recuerdos...

¿Cuántas veces duele un golpe, una herida, el daño?

Cuando lo recibes. Cada vez que lo recuerdas. Cuando lees la cita de un libro y te toca allí, justo en la herida que creías cerrada y limpia, pero que no habías notado que apenas había terminado de cicatrizar.

Yo estoy llena de ellas. Huellas. Marcas de guerra. No duelen, pero pesan. De esas que dan vergüenza y que no quieres que nadie vea. No como la línea diagonal en el dedo índice de mi mano derecha, la que conseguí por jugar con un cuchillo a los once, sino como la mancha amorfa de mi rodilla izquierda, la que me hice al enterrarme una piedra cuando apenas tenía ocho. 

Y aún cuando la cicatriz en mi rodilla es horrible, aún así estas otras son aún peores. Creo yo. El hueco de estaca en pleno corazón que quedó al quitármela -no por mero gusto sino porque me vi en la necesidad -cuando tenía diecisiete, aquellos arañazos que sola me provoqué en la conciencia cuando tenía dieciséis, las mejillas rojas de cachetadas en la confianza cuando tenía quince, cuando tuve dieciocho, incluso hace poco, cuando aún podía decir "tengo veinte".

Todo el mundo sufre decepciones, pero quizás las mías se notan más porque escribo sobre ellas. Es mi vía de escape, de poder decir "ya, lo he soltado, puedo seguir adelante", sabiendo que aunque sigo adelante no significa que no las acarree conmigo. Soy melancólica quizás. Recordar los daños como algo que va más allá del mero hecho.

Experiencias les llaman.